Desafiando las aguas del Paraná

Desafiando las aguas del Paraná

El río que abraza Rosario ofrece la posibilidad de conectarse con la naturaleza, escapando del rimo agitado de la urbe. Desde optimist hasta wakeboard, ofrece deportes para todos los gustos.

Apenas empieza a apretar un poco el calor, las costas del Paraná se pueblan de hombres y mujeres en traje de baño que buscan refrescarse a sus orillas; y por sus aguas, se multiplican las embarcaciones de todo tamaño. Pero mucho más que un paisaje bonito, el río que abraza Rosario es, para muchos, un santuario. Un lugar para desenchufarse del ritmo agitado de la urbe y reconectarse con la naturaleza en cualquier momento del año. Desde optimist hasta wakeboard, pasando por kayakismo, kite y windsurf, el río ofrece deportes para todos los gustos. A continuación hacemos un recorrido por cada uno de ellos y brindamos algunos recomendaciones para quienes quieran iniciarse en algunos de ellos.  

Optimist
O el karting de los deportes náuticos. Para Manuel Fumagallo, instructor del Yacht Club rosarino, una vez que se logra el dominio del optimist se puede manejar sin problema cualquier otra embarcación a vela. “Es como el karting antes de manejar una Ferrari”, ilustró.
La historia del optimist se remonta a los Estados Unidos de la década del 40, cuando a Clark Mills se le ocurrió añadir una vela a un simple cajón de manzanas. Con los años, el precario bote se fue perfeccionando y se convirtió en la embarcación de inicio por excelencia.
Su pequeño tamaño –su eslora mide apenas 2,30 metros– lo hace muy maniobrable. Aunque cualquiera puede hacer sus primeros pasos en el río con el optimist y luego saltar a otras embarcaciones, está pensado para jóvenes de entre seis y 15 años. De hecho, es el único velero aprobado por la International Sailing Federation (ISF) para menores de 16 años.
Quien se anime a subir a bordo debe cumplir un requisito básico: saber nadar. Además, se recomienda llevar siempre chaleco salvavidas, silbato y achicador; y por supuesto, tomar algunas clases antes de salir al río.
En Rosario, además de la escuela del Yacht Club, se pueden tomar lecciones en el Club Náutico y en el Club de Velas. Durante las primeras clases, las escuelas prestan sus embarcaciones y como en cualquier barco monotipo –es decir, tripulado por una sola persona– no se necesitan permisos especiales de parte de Prefectura.
En cuanto al entrenamiento, todo depende de con cuánta asiduidad nos hagamos al río, pero requiere de mucha fuerza en los brazos para poder manejar las velas ya que a medida que aumenta el viento se hace todo más pesado.

Kayakismo
Donde los motores no llegan. Eso es, justamente, para Alejo Piñeiro, lo que tiene de especial el kayak: la posibilidad de perderse por los brazos del Paraná y terminar en alguna islita lejos de la locura urbana pero cerca de la ciudad.
Piñeiro, bonaerense de cuna pero rosarino por adopción, saltó del wakeboard al kayakismo hace un año y ya no lo soltó más. Desde que lo probó, sale todos los fines de semana, llueva o truene, con su novia, amigos o solo. En invierno y en verano.
En Rosario hay 9.500 embarcaciones y cada vez se suman más, a tal punto que en las guarderías locales hay lista de espera. No por nada la ciudad busca convertirse en capital nacional del kayakismo. “Es la plaza más grande del país”, apuntó Piñeiro a la vez que destacó que se trata de una actividad fácil de aprender para quien tiene respeto al río.
Como el kayak es una embarcación muy chata que se mueve al ras del río, a veces el oleaje que producen las lanchas lo ocultan. Sin embargo, Piñeiro destacó que bastan el chaleco salvavidas –cuyo color naranja es llamativo– y las luces reglamentarias durante la noche para hacerse ver.
Otros dos elementos de seguridad básicos son el achicador y el cabo de amarre. Llamó la atención que el pollerín o cubrebañeras –prenda de material que se fija mediante elásticos a la abertura (bañera) donde se introduce el kayakista– es otra medida que, aunque en Rosario suele verse únicamente en invierno, es recomendable durante todo el año ya que disminuye las probabilidades de que se embarque agua.
Aunque no se necesita de mucho entrenamiento, es aconsejable tomar algunas clases antes de salir solos al río. “Entre cuatro y ocho clases está bien”, señaló e indicó que el mejor clima es cuando hay poco viento, cuando el río “parece un espejo”.
Como un minotauro, mitad hombre, mitad bestia, quien se sube a un kayak se convierte uno con la embarcación. Es uno de los pocos barcos cuyo navegar se siente en el cuerpo. Y llega donde los motores no pueden.  

Kitesurf
O simplemente, kite. Se trata de un deporte de deslizamiento que, al igual que el windsurf pero a diferencia del wakeboard, se alimenta del viento para impulsarse. Combina nociones de navegación con el tradicional skate de tierra. El “kiter” se para sobre una tabla similar a la de wake, excepto que en este caso, los pies se sujetan a unas sandalias en lugar de a unas botas. A su vez, su cuerpo se sujeta al kite –que no es otra cosa que un gran barrilete–, a través de una barra y un arnés.
Como Pineiro, que saltó de un deporte a otro, Ernesto Colussi se enamoró del kite mientras cruzaba el río en su kayak. Ahora Colussi se dedica a dar clases de kite, dividiendo sus tiempos entre el Paraná, la laguna de Melincué –el mejor lugar para aprender– y la costa Atlántica.
Uno de los defectos del kite –apuntó– es la necesidad de contar, siempre, con un viento fuerte para practicarlo; por ello resultan ideales las playas argentinas y no tanto la costa del Paraná. Entonces, quien se anima a este deporte debe contar con una amplia disponibilidad horaria y tener siempre el equipo a mano como para dejar todo de lado y correr al agua.
Como todo deporte náutico el primer y más elemental método de seguridad es el chaleco salvavidas. Colussi señaló además, que el kite cuenta con tres dispositivos que, de acuerdo al grado de peligro, desprenden al kiter del equipo, lo que lo hace muy seguro.
En cuanto a precios, admitió que es una actividad cara ya que la vida útil de la vela es corta –dura aproximadamente tres años según el uso– y su valor cotiza en dólares.
Con todo, destacó que las sensaciones que produce son “increíbles”. Al combinar principios de varios deportes –wakeboard, surf , windsurf y parapente– genera mucha adrenalina. Para Colussi es la actividad ideal para evadirse de toda preocupación.  

Windsurf
Hijo del optimist y del surf, hermano del kite, el windsurf es otro deporte de deslizamiento que se impulsa con el viento. A diferencia del optimist, utiliza una tabla similar a la de surf y contrario al kite, se propulsa con una vela articulada a la tabla a través de un mástil.
Para Nahuel Pache, que practica este deporte desde niño, la mejor forma de iniciarse es con el optimist. Una vez dominada la pequeña embarcación, manejar la botavara es pan comido.
Sin embargo, aclaró que el windsurf es una actividad sencilla aún para quienes nunca hicieron otro deporte náutico, sin importar la edad.
“Una vez que empezás, no tenés límite. –ponderó–  Comenzás con una tabla y vela grande pero siempre te desafía a más. A una tabla más chica, una vela más difícil”.
Además del chaleco salvavidas, otra medida de seguridad es salir en grupo o al menos de a dos. Saber nadar es otra condición sine qua non ya que el viento puede arrastrar al windsurfista largas distancias. “Lo ideal es no alejarse de la orilla apenas se aprende porque la corriente en el Paraná es muy fuerte”, añadió.
Al igual que el kite, los equipos son importados, lo que lo hace un deporte costoso; y como requiere de mucho viento, también se necesita de disponibilidad horaria para practicarlo, estar atento a la primera brisa fuerte y cargar la tabla rumbo al río.

Wakeboard
Lo que natura non da, los motores prestan. El wakeboard es el remedio a la amargura de kiters y windsurfistas que, con poco viento, se quedan con las ganas de deslizar sus tablas por el río. Aquí las lanchas se encargan de impulsar al rider y no hay que estar pendientes del clima. En tanto el wakeboard por cable –o sencillamente “cable”– es la solución a quienes no tienen lancha. En este caso, la tracción la hacen unos motores eléctricos que dan vida a una gruesa cuerda tendida de orilla a orilla.
El equipo es, en general, muy parecido al de kitesurf. Consiste en una tabla a la que el rider se sujeta a través de unas botas, y un manillar que se asegura a la parte de atrás de la lancha o bien al cable.
Fanático del deporte en sus dos formatos, Ezequiel Buzza, periodista fundador de la revista especializada en wake Off-Axis, prefiere, sin embargo, la adrenalina de la lancha.
Señaló que es una actividad accesible a todos y desmitificó su mote de “deporte extremo”. En su opinión, con el casco y el chaleco reglamentario lo pueden practicar incluso quienes no sepan nadar y señaló que es incluso más fácil que el ski.
Con todo, para iniciarse y pulir la técnica recomendó tomar clases en el cable. Cerca de Rosario hay dos lugares: uno en Pérez y otro en Victoria.
Del otro lado del puente, Federico Vignale lleva adelante Wakeland, semillero de riders profesionales.
A diferencia del wake por lancha, en el caso del cable la velocidad es menor aunque ello no se traduce necesariamente en menor adrenalina. Para llegar a la otra costa, el rider tiene que superar una serie de obstáculos: rampas de distintos tamaños y alturas. Además, apuntó Vignale, es ecoamigable, como funciona con energía eléctrica no contamina el ambiente. Otro punto a favor del cable.
Las medidas de seguridad, no obstante, son las mismas en ambos casos: casco y chaleco salvavidas.  

FUENTE: ENTE TURÍSTICO ROSARIO

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