El culto porteño al Rey Momo

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Entre serpentinas, flores y chorritos de lanzaperfumes el legendario carnaval porteño convocó a multitudes desde principios de siglo XX. Con sus corsos y bailes, y miles de personas durante varias noches, se alentaban estas manifestaciones populares en donde junto a los juegos y la diversión de los concurrentes, se entregaban premios a las mejores murgas y disfraces.

El Carnaval llegó a América de la mano de los conquistadores europeos, se integró a los calendarios rituales de las poblaciones autóctonas, y se mestizó más tarde con la cultura de los esclavos traídos de África.

Una vez al año, la celebración del disfraz y la mascarada fue, hasta la revolución de las costumbres en la década del sesenta, el tiempo del reino de Momo. Los corsos en la calle fueron los espacios más públicos, de ingreso libre, animados por mascaritas, carruajes y agrupaciones de jóvenes artistas de Carnaval.

La calle se engalanaba con banderines y guirnaldas que colgaban de vereda a vereda. La luz eléctrica sumó a la ornamentación arcos, complejas figuras armadas con lamparitas de colores que se preparaban en los talleres municipales. Por entonces, la gestión del ingeniero Jorge Newbery, al frente de la Dirección de Alumbrado de Capital, difundió la moderna iluminación en las calles céntricas a partir de 1910.

 gentileza Archivo Diario La Nación.

A principios de siglo XX había corsos en las calles Cuyo (actual Sarmiento) entre De las Artes (hoy Carlos Pellegrini) y Callao; otro sobre Rivadavia en el mismo trecho; Mitre entre Artes y Paraná; Defensa entre Independencia y Brasil; San Juan entre Entre Ríos y Catamarca.

También había corsos en los barrios aledaños de Belgrano y Flores. Los más lejanos de Florida, Morón, San Isidro y Quilmes. La Avenida de Mayo, niña mimada de la Comuna porteña, albergó el corso oficial de la ciudad. Desde 1900 se extendía entre Bolívar y Buen Orden (actual Bernardo de Irigoyen); luego se amplió hasta Luis Sáenz Peña.

“Corso de Flores” se llamaba al especial encuentro de carruajes en el parque 3 de Febrero, en los bosques de Palermo.

Curiosamente, reiteradas veces se prohibía arrojar agua, tratando de reemplazarla por otros elementos volátiles: flores, serpentinas, papel picado (confetti romano). Al costado de las calles se instalaron palcos alquilados a familias. El palco principal estaba ocupado por los jurados y la comisión organizadora de los concursos. Los ganadores recibían medallas de oro, de plata y de bronce.

A fines del siglo XIX los clubes del Progreso y Jockey ofrecían bailes de Carnaval para sus asociados y, para los que veraneaban fuera de la ciudad, podían contar con la propuesta del hotel Las Delicias, de Adrogué, o el Tigre Hotel. Los salones más populares fueron los teatros, como el Opera, el Politeama de la calle Paraná, y el Marconi Smart (actual Multiteatro). En 1936 se llegó a organizar un elegante baile de disfraces en el Teatro Colón al cumplirse los 400 años de la primera fundación de la Ciudad.

Sociedades que agrupaban a vecinos y paisanos también celebraban. Los festejos continuaban en el Centro Catalá, la Sociedad Verdi, de la Boca, la Unión Obrera Española, la Sociedad Ligure o el Centro Gallego.

Por entonces los bailes de carnaval fueron la base de lanzamiento del tango. Vicente Greco, el creador de la orquesta típica criolla se presentó en los carnavales de 1914 y 1915 en el teatro Nacional del Norte. Francisco Canaro y su orquesta siguieron esta línea en el teatro Opera, sobre calle Corrientes y más tarde en el Luna Park.

En las décadas del treinta y el cuarenta los corsos se desplazaron a los barrios, manteniendo siempre el tradicional corso oficial de la Avenida de Mayo. En los barrios surgieron murgas legendarias: Los Criticones de Villa Urquiza, Los Averiados de Palermo, Los Pegotes de Florida, Los Curdeles de Saavedra, Los Eléctricos de Villa Devoto.

En los sesenta los bailes de Carnaval tuvieron al twiat como protagonista casi exclusivo. Fue la época de oro de los bailes de Boca Juniors, donde subían a escena Los Cinco Latinos, el Club del Clan, y el varón del tango, Julio Sosa. Los Gatos, pioneros del rock nacional, se presentaban en San Lorenzo de Almagro.

En los setenta San Lorenzo acaparó con bailes que reunieron elencos de treinta figuras, ente las que descollaban Joan Manuel Serrat, Palito Ortega, Sandro y Leonardo Favio. Fue también la época de los famosos bailes del Club Vélez Sarsfield y del Centro Lucense (Rafaella Carrá). Hacia fines de los setenta aparecieron las lujosas discotecas que dominaron la escena porteña. En los últimos años jóvenes artistas provenientes del teatro, la música y la danza retomaron la estética carnavalera para experimentar y lograr interactuar directamente con el público.

 gentileza Archivo Diario La Nación.

Esta fiesta fue anulada del calendario oficial en 1976. Pero en 1997 las murgas fueron declaradas Patrimonio Cultural de la Ciudad de Buenos Aires y el 24 de junio de 2004 la Legislatura Porteña aprobó la Ley 1322 que declaró no laborables los días Lunes y Martes de Carnaval, lo que fue un paso para revivirlos. El mismo año se creó el Programa Carnaval Porteño y en 2010 los carnavales volvieron a nivel nacional.

FUENTE: Secretaría de Medios – Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires

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